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Cuando éramos jóvenes, en Europa veíamos
al hada madrina que nos sacaría de aquél
autoritarismo castizo. Ya habíamos empezado a
desarrollarnos económicamente, la dictadura se
relajaba, pero políticamente aún estábamos
en la minoría de edad. Europa era, por eso, una
puerta a la esperanza, y nuestro europeísmo se
alimentaba con la esperanza de apertura.
Lo que no imaginábamos entonces es que nuestra
incorporación a Europa iba a servirnos también,
ya en libertad, como escudo para defendernos de la peor
enfermedad que puede aquejar a una democracia, que es
la demagogia. Obtuvimos la primera ventaja cuando los
gobiernos perdieron el control de la máquina
de hacer billetes al quedar consagrada la autonomía
de los bancos centrales y, luego, desapareció
la soberanía monetaria de los Estados miembros.
Esto fue una bendición porque, desaparecida la
capacidad directa de los gobiernos para hacer inflación,
se moderó la presión sobre los políticos
para conseguir ventajas particulares a costa de subidas
generales de precios y, la inflación se moderó
en todas partes. Ay, Europa, querida, nunca te lo agradeceremos
bastante.
Pero esto no ha sido todo y otras ventajas vendrían.
Cuanto más autárquico es un país,
más cabe la demagogia porque mayor es el margen
de actuación de sus gobernantes para hacer, a
costa de las minorías más ricas, políticas
presuntamente favorecedoras de las mayorías más
pobres. Y al revés: cuando el país está
muy abierto al mundo, el margen para la demagogia se
reduce.
Las políticas demagógicas, sin embargo,
no suelen ser sino espejismos que, perjudicando, ciertamente,
a los más ricos de modo inmediato (y a amplias
capas medias de la población, casi siempre),
acaban dañando a los más pobres de manera
difícilmente reversible. Un ejemplo de medida
demagógica de este tipo suele ser aumentar la
tributación sobre las ganancias de capital, en
un guiño a los más pobres, como diciéndoles:
"Lo ves, soy de los vuestros". Así
habría sucedido en España en estas fechas
si hubiera sido por el miembro del ejecutivo que lo
acaba de proponer. Pero felizmente estamos en Europa
y el Vicepresidente económico, al que el cuerpo
de bomberos debería hacer miembro honorario,
se ha apresurado a desautorizar la propuesta, precisando
que dentro de Europa eso no cabe porque, desaparecidas
las fronteras, el capital emigraría. Ay, Europa,
querida, cuanto te debemos.
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