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© Unidad Editorial. 2007.
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Economía, dentro de un orden
Ay, Europa, querida
Estar en la Unión Europea nos blinda contra la demagogia indígena.

Cuando éramos jóvenes, en Europa veíamos al hada madrina que nos sacaría de aquél autoritarismo castizo. Ya habíamos empezado a desarrollarnos económicamente, la dictadura se relajaba, pero políticamente aún estábamos en la minoría de edad. Europa era, por eso, una puerta a la esperanza, y nuestro europeísmo se alimentaba con la esperanza de apertura.

Lo que no imaginábamos entonces es que nuestra incorporación a Europa iba a servirnos también, ya en libertad, como escudo para defendernos de la peor enfermedad que puede aquejar a una democracia, que es la demagogia. Obtuvimos la primera ventaja cuando los gobiernos perdieron el control de la máquina de hacer billetes al quedar consagrada la autonomía de los bancos centrales y, luego, desapareció la soberanía monetaria de los Estados miembros. Esto fue una bendición porque, desaparecida la capacidad directa de los gobiernos para hacer inflación, se moderó la presión sobre los políticos para conseguir ventajas particulares a costa de subidas generales de precios y, la inflación se moderó en todas partes. Ay, Europa, querida, nunca te lo agradeceremos bastante.

Pero esto no ha sido todo y otras ventajas vendrían. Cuanto más autárquico es un país, más cabe la demagogia porque mayor es el margen de actuación de sus gobernantes para hacer, a costa de las minorías más ricas, políticas presuntamente favorecedoras de las mayorías más pobres. Y al revés: cuando el país está muy abierto al mundo, el margen para la demagogia se reduce.

Las políticas demagógicas, sin embargo, no suelen ser sino espejismos que, perjudicando, ciertamente, a los más ricos de modo inmediato (y a amplias capas medias de la población, casi siempre), acaban dañando a los más pobres de manera difícilmente reversible. Un ejemplo de medida demagógica de este tipo suele ser aumentar la tributación sobre las ganancias de capital, en un guiño a los más pobres, como diciéndoles: "Lo ves, soy de los vuestros". Así habría sucedido en España en estas fechas si hubiera sido por el miembro del ejecutivo que lo acaba de proponer. Pero felizmente estamos en Europa y el Vicepresidente económico, al que el cuerpo de bomberos debería hacer miembro honorario, se ha apresurado a desautorizar la propuesta, precisando que dentro de Europa eso no cabe porque, desaparecidas las fronteras, el capital emigraría. Ay, Europa, querida, cuanto te debemos.

 
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