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La salida de Pedro Mielgo de la presidencia de Red
Eléctrica a propuesta de la SEPI, principal accionista
de la empresa, pero aprobado por todo el consejo de
administración de la compañía,
ha reabierto el debate sobre el futuro más o
menos cercano de los presidentes de las empresas que
en algún momento fueron públicas, y, sobre
todo, plantea varios interrogantes sobre el papel de
los miembros de los consejos de administración
y las razones de sus nombramientos.
Nadie ha puesto en duda la valía profesional
de Mielgo al frente de la compañía que
hasta ahora ha presidido. Ha hecho su trabajo como no
se podía esperar otra cosa. Y naturalmente que
lo habrá tratado de hacer lo mejor posible. Su
salida se debe, sin duda, a que le nombró el
anterior Gobierno, de signo político distinto
al actual, en función de que tenía una
participación accionarial importante en la sociedad.
Lo mismo que ahora. El porcentaje de acciones en poder
de la SEPI es menor ahora que hace ocho años
pero sigue siendo el mayor. Y la nueva Administración
tiene el mismo derecho a proponer el cambio que tuvo
el anterior gobierno cuando sustituyó a los entonces
presidentes de Argentaria o de Repsol por la misma razón
de que habían sido puestos en esos sillones por
los anteriores gobernantes. Mielgo cometió un
error: proponer o permitir que se propusiera una "adhesión
inquebrantable" del consejo de administración
de Red Eléctrica hacia su persona y su gestión
de forma que parecía imposible que la sociedad
siguiera existiendo sin su presencia. Eran ganas de
forzar las cosas.
Lo peor de todo lo que ha pasado estos días es
el papel jugado por el consejo de administración.
Mientras Mielgo fue presidente parecía imprescindible
y cuando se plantea de manera real su sustitución
todo el consejo lo aprueba sin ningún tipo de
prevención. En el consejo de la compañía
que gestiona la red de alta tensión eléctrica
hay personas designadas por la SEPI de antes, la controlada
por el Partido Popular para entendernos, hay representantes
de las compañías eléctricas privadas
y hay consejeros independientes. Por lo que se ha sabido,
ninguno de todos ellos recordó el enorme problema
que, en opinión del propio consejo unos días
antes, provocaba la salida de Mielgo de la presidencia.
Situaciones de este tipo hacen dudar de la validez de
los órganos de gobierno y control de las compañías.
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