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© Unidad Editorial. 2007.
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Apuntes liberales
Virtudes de la castración
El abandono de la estabilidad presupuestaria estimulará el despilfarro autonómico.
Hace mucho tiempo que conocí a Cristobal Montoro, antes incluso de que entrara en la arena política, con el PP en la oposición. Nunca ha sido un personaje capaz de despertar pasiones, carece de poder de seducción alguno, pero tengo grabada en la memoria la frase de una entrevista publicada en EXPANSIÓN, cuando no podía imaginar que acabaría siendo ministro de Hacienda: "La mejor manera de recortar el gasto público es reducir los impuestos". Es decir, si limito deliberadamente mis recursos me fuerzo a optimizarlos. Luego resultó que, ya en el poder, el PP puso en práctica esta propuesta de castración voluntaria, y resultó tan benéfica para el conjunto de la economía y tan valorada por los ciudadanos, que los socialistas tuvieron que modificar sus programas electorales para, al menos, prometer que jamás subirían la presión fiscal o que incluso estaban dispuestos a bajar algunos impuestos.

La segunda contribución de este personaje públicamente anodino a la Hacienda Pública fue la ley de Estabilidad Presupuestaria. Apercibido de que nuestro sistema de descentralización territorial conduce inexorablemente al despilfarro, y de que la cercanía de los políticos a los administrados fomenta el populismo y la demagogia en lugar de estimular la responsabilidad, decidió obligar a las autonomías a presentar cada año un presupuesto equilibrado, so pena, caso contrario, de elaborar un plan de saneamiento destinado a cumplir tal objetivo lo más rápidamente posible. Esta ha sido la herencia insólitamente favorable que recibió el PSOE a su llegada al poder y que ha sido incapaz de conservar.

A punto de cumplirse sus primeros cien días, el vicepresidente Solbes se ha visto obligado a promover una reforma de la ley de estabilidad que dará margen a las autonomías para decidir el grado de sus ajustes presupuestarios en función, no del ciclo económico sino del político, y que obligará al propio gobierno central a negociar con todas ellas una solución de compromiso que dé como resultante un equilibrio financiero final con el propósito de salvar la cara. Yo estoy persuadido de que al eliminar el corsé legal se activa de manera definitiva y poco predecible el resorte genuino en favor del gasto que anida en casi todo gobernante regional. Esta concesión a los partidos nacionalistas o de izquierda, que son los que le han puesto en la Moncloa, será tremendamente gravosa a medio plazo. El escenario ideal, quizá imposible, sería llegar en estos casos a acuerdos con el PP.
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