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La última legislatura con el Partido Popular
en el Gobierno, iniciada en el 2000 con mayoría
absoluta en el Parlamento y concluida con la debacle
electoral del pasado 14 de marzo, fue el escenario de
un desencuentro casi absoluto entre el Gobierno de la
nación y la el de Generalitat y la sociedad catalana.
El hecho, que se explica en parte por el enrarecimiento
de las relaciones entre populares y nacionalistas en
general, es tanto más sorprendente cuando la
colaboración catalana, interesada por supuesto,
resultó fundamental para sacar adelante la primera
legislatura de Aznar y abrir las puertas al triunfo
del 2000.
Ese divorcio entre el Ejecutivo central y Cataluña
generó frustración entre los políticos
y ciudadanos catalanes, pero también trajo consecuencias
para el PP: su pésimo resultado en Cataluña
contribuyó decisivamente a su retroceso electoral.
Se produjo además en un periodo en el que la
sensibilidad catalana, o catalanista, estaba a flor
de piel por la continua aparición de indicadores
que reflejaban la pérdida relativa de posiciones
de la economía y las empresas de Cataluña
en materias como crecimiento, infraestructuras, competitividad
o inversiones directas. Todo ello generó un debate
abierto sobre la necesidad, por un lado, de que la sociedad
catalana reaccionara ante los sucesivos toques de atención
que la realidad económica venía dando;
y de que se replantearan las relaciones entre "centro
y periferia" para evitar la excesiva concentración
en Madrid de la parte más jugosa de la economía.
La llegada al poder del PSOE, más proclive que
el PP a mantener unas relaciones civilizadas con el
nacionalismo, ha abierto nuevas ventanas para avanzar
en ese entendimiento. De entrada, los socialistas están
instalados en los Gobiernos central y de la Generalitat,
lo que, pese a las servidumbres que conllevan los pactos
con Esquerra Republicana, debe favorecer el entendimiento
en interés mutuo. Segundo, el PSC ha colocado
a uno de sus dirigentes más valiosos, José
Montilla, al frente del renacido e influyente Ministerio
de Industria. Y tercero, los catalanes cuentan con todo
el peso que proporciona La Caixa, la tercera entidad
financiera del país, y la que cuenta con la mayor
cartera de participaciones industriales de España.
La conjunción de esos tres factores, a los ojos
de los dirigentes políticos y empresariales de
Cataluña, abre nuevas perspectivas de resituar
a esta Comunidad en el puesto de liderazgo que le corresponde.
El primer paso, en el que parecen haber intervenido
activamente los tres actores citados, es el proyecto
de crear en torno a Gas Natural un gigante energético
con marchamo catalán, algo que ya fue vetado
por el último Gobierno de Aznar. Entretanto,
y lo analizamos en este número, el ministro Montilla
ha traído a Madrid una formá más
catalana de hacer política industrial.
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