
Con el maletero del Dos Caballos cargado de jarrones recién traídos de Portugal y sus cuatro hijos apiñados en el asiento de atrás esperando a que hiciera el reparto por las tiendas de decoración de Madrid a las que vendía la mercancía. Así empezó Begoña Zunzunegui su aventura empresarial a principios de los años 60 cuando fundó Becara, una empresa de decoración que actualmente vende en 40 países. Las ratas con las que compartía el garaje de la calle Lope de Vega que le prestó su padre como cuartel general del negocio no son más que una anécdota que Zunzunegui recuerda 50 años después con la sonrisa cómplice de quien sabe que la historia acaba bien.
En 1960, cuando esta bilbaína daba sus primeros pasos como emprendedora, la tasa de actividad femenina en España no superaba el 21%, es decir, había censadas unas 2.200.000 mujeres activas. Si tener un empleo no era tarea fácil para una joven de la época, ser empresaria era casi misión imposible. Casi.
Para abrir una cuenta en el banco, pedir un préstamo o sacar el pasaporte, las españolas necesitaron la autorización de sus padres o maridos hasta 1975. “A mí eso no me impidió montar la empresa”, dice Zunzunegui, cuyo espíritu emprendedor derribó barreras dentro y fuera de España: también fue pionera entre los empresarios españoles en hacer negocios en la China de Mao, donde viajó por primera vez en 1973. “En casa no tuve problemas, porque mi marido me apoyó desde el principio”.
La ley franquista no reconocía a las mujeres capaces de ejercer por sí mismas actividades económicas y desde 1938 el Fuero del Trabajo obligaba a las mujeres a que dejaran de trabajar cuando se casaban, pero el incipiente aperturismo de finales de los 50 permitió que la cosa empezara a cambiar. Con la Ley de Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer de 1961 se prohibía, al menos de boquilla, la discriminación laboral y salarial por razón de sexo y se eliminaban las cláusulas de despido por matrimonio. Sin embargo, este aperturismo tenía trampa: la propia ley especificaba que la no discriminación sólo hacía referencia a las mujeres solteras porque “el matrimonio exige una potestad de dirección que la naturaleza, la religión y la historia atribuyen al marido”.
“Aquellos avances legislativos tenían más que ver con una intención del Régimen de modernizar su imagen internacional que un progreso real en los derechos de la mujer”, explica Paloma Fernández, profesora de Historia Económica de la Universidad de Barcelona. “El discurso oficial del franquismo siguió siendo que las mujeres tenían un talento inferior y eran biológicamente incapaces de asumir riesgos. Jurídicamente la ley las equiparaba a los menores de edad y los dementes”.
Igual que Zunzunegui, otras jóvenes de los años 60 decidieron desafiar lo establecido y empezar a hacer negocios en un entorno de hombres. El mayor acceso a la educación de la época puso la semilla para el desafío, y el despegue económico del país, que empezaba a demandar más mano de obra femenina, ayudó a impulsar el proceso. “En los años 60 las mujeres todavía teníamos que pedir permiso hasta para que nos instalaran una línea de teléfono en casa”, recuerda Isabel Julián, secretaria general de la Organización de Mujeres Empresarias y Gerencia Activa. Julián pertenece a la primera generación de mujeres de su familia que trabajó y tras la muerte de su padre en 1959 pensó en montar una empresa. Puso en marcha una residencia universitaria. En tanto era huérfana y soltera tuvo total libertad de movimiento. “Empezamos a emprender las que no teníamos otra alternativa. Rompíamos muros con la naturalidad de quien no tiene más remedio”.
Antes de los años 60 ya había habido muchas mujeres empresarias, “la mayoría ligadas a negocios familiares. Desde el siglo XIX ya era común que las mujeres ayudaran a regentar la empresa familiar sin ningún contrato, salario ni reconocimiento de su actividad”, explica Fernández. “Muchas hacían labores de contabilidad porque eso no requería contacto con el exterior y no tenían que tratar con hombres. Era un trabajo que podían hacer desde casa o la trastienda. También ha habido mujeres al frente de grandes empresas porque no quedaba otro remedio, es decir, otro varón en la familia. Un ejemplo es el de Ángela Roca Soler, que llevó la firma catalana Roca entre 1917 y 1921 hasta que su hermano pequeño tuvo edad de relevarla. Durante aquellos años modernizó la compañía y realizó una gestión clave que la permitió convertirse posteriormente en la multinacional que es ahora. Pero nadie se acuerda de eso”.
Josefina Moreno fue una de esas mujeres que llevaron durante un tiempo la empresa familiar prácticamente en la sombra. Con tan sólo 12 años, esta riojana nacida en 1920 empezó a gestionar la fábrica de alpargatas de su padre. Se encargaba de organizar las cargas de trabajo y pagar semanalmente a los 106 empleados. “Tuve que dejar la escuela cuando mi madre enfermó y encargarme de la fábrica para que mi padre pudiera viajar”. Cuando se casó dejó el puesto y se fue a Madrid a vivir con su marido, que tenía un pequeño negocio de esparto en el centro de Madrid. Con su ayuda lo transformaron en una alpargatería en la que trabajarían mano a mano durante 40 años. “Siempre me acostaba pensando en lo que tenía que hacer al día siguiente”.
“Hasta hace apenas 20 años las mujeres emprendedoras han sido invisibles en España”, dice Rachida Justo, profesora de Gestión Emprendedora y Empresa Social de IE Business School. “Hasta los años 90 no empezaron a aparecer en los medios, y también la literatura académica se había olvidado de investigarlas. Antes hubo otras pioneras, pero no se hablaba de ellas”.
Armas de mujer. Las multinacionales que llegan a España en los 60 y 70 fueron las primeras en ayudar a traspasar el techo de cristal. “En otros países, las mujeres se incorporaron masivamente a las empresas, en los años 40 y 50, como secretarias, taquígrafas, cajeras... ”, explica Fernández. “Pero ese proceso en España llegó con 20 años de retraso porque la empresa dominante en el franquismo era la pyme y ahí la mujer lo tenía más complicado: por un lado, porque hacían falta menos secretarias que en las grandes empresas, pero también porque las empresas familiares eran reticentes a contratar mujeres pensando que eso afectaría la productividad de los hombres de la plantilla. La llegada de las multinacionales a partir de los 60, tras el plan de estabilización de 1959 que permitió entrar a las compañías extranjeras, abrió las puertas a la mujer”.
Una compañía norteamericana fue la que le dio su primera oportunidad a Isabel Yanguas. Cuando en 1970 entró a trabajar en la agencia de publicidad Young & Rubicam, Yanguas era la primera española en tener un puesto en el Departamento Creativo, que años después dirigiría. El resto eran todas secretarias y recepcionistas. “Era duro y apasionante al mismo tiempo”, recuerda. “Había que trabajar el doble para demostrar que merecías el puesto”. Conciliar sus hijos con el día a día de una alta ejecutiva tampoco era fácil. “Pero así es la vida. Si coincidía una reunión importante con el sarampión de alguno de mis hijos, o con la función de final de curso, ¿qué hacía? Pues trampear, como todas, para intentar estar en todos los sitios a la vez”.
“El gran reto para las emprendedoras del siglo XXI va a ser la conciliación”, dice Justo. “En España las mujeres aún carecen de facilidades para el cuidado de los hijos. Los empresarios han tenido a menudo una mujer detrás ayudándoles en casa, pero las empresarias no”.
“Ofrécete a quitarle los zapatos. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo y uno de tus deberes es proporcionárselo. Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo”, decía el manual de Economía Doméstica de la Sección Femenina en 1958. Muchas cosas han cambiado en este medio siglo. “¿Guisar?”, dice Zunzunegui, “Me encanta, pero es lo más caro que puedo hacer con mi tiempo. Imagínate la cantidad de papeleo que puedo resolver en esas dos horas”.
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Nunca dije que no a nada, hice lo que tocaba”, dice sin dejar de sonreír un sÓlo momento Josefina Moreno (en la foto). En 1932 dejÓ la escuela siendo aÚn una niÑa para encargarse de la fÁbrica de alpargatas de la familia.
“la llegada de las multinacionales en los aÑos 60 y 70 abriÓ las puertas de la empresa a las mujeres en espaÑa con 20 aÑos de retraso”, explica la profesora paloma fernÁndez