Desde hace unos años, la rapidez es un elemento muy valorado
en las operaciones crediticias
o al menos esa es la impresión
que desprenden la multitud de anuncios de créditos rápidos,
esos que te envían 3.000 euros o más en un plisplás
a tu cuenta corriente con solo marcar un número de teléfono.
Algunos de los solicitantes de estos préstamos instantáneos
recurren a ellos por pura desesperación: solo pagando los astronómicos
intereses de esos productos conseguirán que alguien les preste
dinero. Pero en otros casos, es la pura conveniencia la que hace que,
sin rellenar un papel, un cliente que podría conseguir un crédito
al consumo convencional en su banco se decida por aceptar las tentadoras
ofertas que le llegan de su pantalla de televisión, o en un folleto
de su buzón.
Miles de euros al instante y sin tener que fotocopiar antes la declaración
de la Renta. Pero antes de pagar una tasa anual equivalente (TAE) del
25%, que es lo que cuestan algunos de estos préstamos televisivos,
puedes pensar en otras alternativas. Una de las más desconocidas,
pero que los bancos se están empeñando ahora por impulsar,
es recurrir a esa vieja y seductora conocida, la tarjeta de crédito.
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El coste de este crédito instantáneo es la comisión inicial de la operación, más unos intereses altos en caso de que se opte por el pago aplazado