Al común de los mortales el vino les huele, les sabe. A los
más avezados, su rojo picota o su blanco pajizo, su textura de
terciopelo o de seda les cuenta la historia de su vida. A Miguel Ángel
de Gregorio, ingeniero agrónomo, enólogo y bodeguero de
éxito, el vino, además, le susurra al oído. Tomarlo
en una playa viendo cómo las olas se deslizan, llevarlo al oído
y notar cómo el rumor del mar reverbera en la copa
¿Por
qué no disfrutarlo también así?.
Para este manchego de nacimiento y riojano de adopción, la misión
del vino es halagar a los cinco sentidos. Hace 20 años
se introdujo en España el sentido cultural del disfrute hedonista
del vino, que ya aparece en el Reino Unido en el siglo XVIII. Antes
sólo era un complemento en la dieta de los trabajadores, porque
tiene cierto poder energético, incluso euforizante, alguna proteína
-si no está bien hecho-, sales minerales, propiedades antioxidantes
y anticancerígenas, en el caso de los tintos, y es una bebida
que regula la actividad intestinal. Pero eso no justifica el vino como
alimento. Su función principal es causar placer.
A sus 41 años, Miguel Ángel aspira a elevar los caldos
que produce en Briones (Rioja alta) a la categoría de arte. Y
a fe que lo ha conseguido. Tanto su padre como su tío fueron
dos ilustres en la famosa firma Marqués de Murrieta, por lo que
saboreaba el vino ya en el biberón. Mientras trabajó en
las Bodegas Bretón, en Logroño, fascinó con el
Dominio de Conté 89, que colocó a la marca en una posición
privilegiada. En el 97 se estableció por su cuenta y ahora factura
5,5 millones de euros. Dirige una empresa pequeña que elabora
grandes vinos, de la talla del espectacular Aurus, con el que ha obtenido
reconocimiento internacional.
Además de bodeguero, Miguel Ángel es diseñador
de vinos de otros. De otros como José Manuel Segura, empresario
del mundo del ladrillo y propietario de Bodegas Victoria, en la denominación
de origen Cariñena, en Aragón, o el ex presidente del
grupo de servicios Acciona, José María Entrecanales. Le
conocí en 2000, cuando era presidente de Acciona y alguien importante
ya en el mundo del vino (era propietario de Hijos de Antonio Barceló,
uno de los cinco mayores grupos vinícolas del país). En
aquel momento me propuso plantar viñedo en su finca La Verdosa,
en Santa Cruz de Retamar (Toledo), en una denominación de origen,
Méntrida, que entonces no representaba nada. Quería hacer
un proyecto innovador en el sitio más difícil del mundo.
Lo primero que le dije fue que estaba loco, cosa que se tomó
a risa. Había que ser muy valiente para decirle en esos momentos
a José María Entrecanales que estaba loco. Pero él
me dijo: tú mucho más. Y empezamos a discutir
día, tarde y noche sobre qué se podía hacer. Yo
era muy independiente y él, un empresario de la línea
dura. Pero tras un año de negociaciones me acabó convenciendo,
y empezamos esta relación que ha trascendido lo que era hacer
el vino para llegar a ser una relación de admiración y
respeto por José María, y de intentar la osadía
de hacer uno de los grandes vinos de este país, Arrayán.
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En la Red: Encuentro digital con Miguel
Ángel Gregorio el miércoles 20 a las 11:00. YA puedes
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